El último Viaje
ISBN 09683701-0-
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Escrito en la ciudad de toronto--Canada el dia 28 de diciembre del año 1996
Fragmento (14)
CAER.
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Sonó el mazo del juez otra vez.
Y empezó el proceso.
El hombre más anciano y con más jerarquía, que estaba en el centro del estrado, se dirigió al intérprete en francés; yo pedí la palabra y me fue dada, me levanté y hablé en francés; sí, en francés con acento andaluz:
-Su excelencia, su señoría, yo conozco, comprendo y hablo el idioma francés.
Para mi sorpresa, el hombre preguntó: ¿dónde lo había aprendido? ¡Si yo era un latinoamericano!
-Al terminar los estudios secundarios mis padres me enviaron a estudiar en una universidad de la ciudad de París. En esa ciudad viví por varios años y estudié la lengua e historia de la civilización francesa- respondí respetuosamente.
Dije también que hablaba igualmente el inglés, el alemán y el español, por ser este último mi lengua materna.
Aterrado estaba el hombre de ver a este criminal loco y, además políglota.
Se escucharon en la sala muchas risas reprimidas. Con dureza y mirada incrédula, mirando a las graderías, el juez golpeó con el mazo fuertemente para pedir silencio otra vez y dio la palabra a los hombres encargados de acusarme.
Uno de ellos se levantó y nombró los tres crímenes.
Los describió técnicamente y dentro de los artículos consagrados para esto dentro de las leyes suizas.
Acto seguido, con calma y enérgica voz pidió la máxima condena.
Recordó a los hombres del tribunal, a las personas en las graderías y a los representantes de las instituciones gubernamentales que las gentes de Colombia y Latinoamérica son los caínes modernos y destructores de la juventud del mundo...
Durante dos horas y media, describió en forma magistral, todas las técnicas e industrias del sindicato del crimen, que habían sido creadas por hombres como yo, según él, nacidos sólo para destruir la civilización moderna.
¡Hijos de puta! ¡Todos!
Sin excepción alguna, todos los que aplaudieron; pensé yo, al escuchar los pocos aplausos de la sala en favor de este hombre.
Cuando terminó de hablar, yo, llevado del... carajo también, sentí una rabia y tremenda frustración de tener que aceptar lo dicho por este mal nacido.
Respiré profundo una y otra vez, sólo así me controlé.
Recordé a mi profesor de historia en el bachillerato en un colegio de curas, sólo para ricos y oligarcas. Hombre alto, con su salario de miseria, una calavera andando por el hambre que se levantaba a las cuatro de la mañana para llegar caminando a dictar clase a las ocho, con pantalones remendados y las suelas de los zapatos rotas, y con una naturalidad jamás conocida por mí en otro hombre; apasionadamente nos enseñaba la historia de Europa, de lugares como éste, aquí en la sala; recordaba con ironía el nombre en la vida real de aquel hombre llamado, por cosas extrañas del destino, Napoleón. Nosotros en los primeros años del bachillerato lo llamábamos “Napo”. Jamás he conocido un hombre más triste al contar, en aquellas clases, las estupideces y brutalidades cometidas por el hombre.
Al terminar de hablar, el acusador se sentó y todos los que no aplaudieron lo miraron sorprendidos de ver a este sofista moderno hablando tanta mentira.
¡Increíble!
Enseguida miré al hombre que representaba los intereses de los que me acusaban por lo del tiquete de tren.
Trataba yo de encontrar una justificación más a sus palabras que el dinero que como salario ganaba, por lo que acababa de hacer o decir ante la justicia europea, en el país de Suiza y ante la mirada y escucha de todos los representantes de los pueblos del mundo y de sus países presentes en la sala.
Miré a mis espaldas y encontré a los puritanos pervertidos. No sé por qué me había olvidado de ellos ¡Los gringos!
Estaban extasiados y felices filmando y grabando cada segundo de lo que sucedía; los podía escuchar decir, mientras se limpiaban las narices:
-It’s O.K. It’s O.K. It’s good. Excellent. The best!
Todo estaba ya listo para el marketing del día y la respectiva miseria y angustia que cambió mi vida, y la de muchos presentes y ausentes que conocían mi caso perdido en este tribunal.
Estando ya metido por completo y sin escapatoria alguna, en un momento raro, empecé a sentir un gran cambio en mí, al mirar de frente a los trece inquisidores.
Mirando hacia las graderías y apreciando la tenue luz que entraba por las ventanas, empecé a sentir y ver mi ropa diferente, distinta de la que tenía cuando salí de la celda: ahora mis zapatos eran alpargatas, tenía un pantalón beige, camisa floreada de brillantes colores y, no sé por qué, percibí un olor conocido por mi ancestro.
Sí, apareció como por arte de magia y, a la mano derecha, mi mula arisca y fiel, ¡la Policarpa!, con dos carguitas de café y un racimo de bananas a lado y lado. Con alegría, vi también aparecer a mi perra Tamara, toda llena de pulgas, echada feliz a mi lado izquierdo.
Recuerdo bien, que debajo de mi pantalón sentí algo duro ¡y grande! Con curiosidad mandé la mano esperando tocar lo conocido y sí, encontré un pedazo de panela.
Me puse el poncho al hombro izquierdo y seguí observando a los trece hombres de la justicia al frente, mientras la perra y mi mula arisca y fiel, me miraban de reojo ¡llenas de risa!, felices estábamos de estar juntos otra vez. ¡Qué alegría!
Amiga escogida, Catalina Limberg C., puedes estar segura que mi metamorfosis fue total. Ante todo lo escuchado y dicho por el acusador en esa sala, sólo se esperaba que dijera tajante lo que yo representaba en ese tribunal ante la justicia europea, los miembros de las organizaciones y otros espectadores.
Todos los presentes en la sala, sin rechazo alguno, felices por las carguitas de Café de la Colombie y el racimito de bananas aceptaron la presencia de mi mula arisca y de mi fiel perra Tamara.
Creo que la justicia recordó no lejos al Aníbal con sus elefantes por la Vía Apia.
Quizás por esto, un criminal loco de tan baja calaña con una mula cargada de café y bananas, más una perra pulgosa, no era cosa extraña en esos lugares tan familiarizados antiguamente con elefantes y ahora con las cabras y sus cencerros. Y quién sabe qué cosas más en la controlada intimidad de sus gentes.
Estando en esta situación confronté una vez más la ignorancia, la estupidez y la mediocridad del hombre moderno, cuando uno de los gringos vino con una cámara a preguntarme si Policarpa, mi mula arisca, era “pura sangre” y si tenía los papeles del pedigrí, y en orden.
Yo apenas me controlé al ver todos esos aparatos ahora más extraños para mí desde que llegaron mis fieles animales. Esas cámaras y cosas electrónicas siempre nos ponen nerviosos a todos y más a los del trópico.
Así, ya más tranquilo y feliz, con la presencia de mis dos amigas, la una arisca y fiel, la otra sólo fiel ¡Gracias a Dios!, decidí también sentirme un indio de Canaima, un llanero de Cojedes, un negro del Chocó, un huaso chileno, un cholo peruano, un gaucho de las Pampas y un mexicano con sombrerote, bigotes y guitarrón.
Escuchaba atentamente las guitarras, los tiples, los charangos, el bandoneón de Piazzolla, el cuatro Venezolano, el arpa, las flautas y el acordeón.
Empecé a sentirme toda esa gente linda de Latinoamérica y todos esos bellos grupos étnicos del mundo presentes.
Sí, todos esos pueblos del Mundo.
Me sentía uno y cada uno de ellos y, acompasado con la música, respiraba lentamente.
Me levanté, respiré profundo, recordé mi sufrido pueblo, cogí el lazo de mi mula al lado derecho y la perra me siguió del lado izquierdo; miré alrededor allí parado delante de todo el mundo; miré a lo lejano y a lo cercano, a mis tierras, a mis risas de la infancia y, llevando del lazo a mi mula con mucho orgullo, paré en el centro de la gran sala, levanté la mano derecha y pedí la palabra otra vez, la cual me fue concedida.
Empecé a caminar tranquilamente hacia la gradería del lado izquierdo. Miraba a la gente de las tribunas, llegué a la baranda, encontré a todos esos seres de la “Eterna Primavera” y también a aquellos del oriente de Antioquia. Toda una sorpresa para mí.
Miré a los conocidos y desconocidos. Volteé hacia donde estaban las cámaras de los gringos a la entrada, a los costados y al centro de la sala; vi otra vez los aparatos raros y los bien conocidos por nosotros ¡los aparatos blancos!, con máxima desesperación siempre consumidos por ellos. Por los gringos.
Recorrí con la mirada todo el auditorio e hice una venia con la cabeza. ¡Y los gringos filmando!
Di la vuelta, jalé la mula Policarpa en la nueva dirección, hacia la gradería del centro, justo a mis espaldas donde anteriormente estaba sentado con los policías al lado cuidándome, con el intérprete a la derecha y el abogado de oficio a la izquierda.
Paré, acaricié la mula en el cuello, revisé las carguitas de café y el racimito de bananas, esto en el silencio de la sala y bajo la mirada de todas las personas y el enfoque de las cámaras siguiendo segundo a segundo mis movimientos.
Ya frente a ellos hice nuevamente la venia del saludo, agachando la cabeza.
No pude contener la sonrisa al ver entrar a unos hombres a la carrera con sombrerotes, guitarras, trompetas y uniformes negros con cosas plateadas en sus pantalones.
Todos buscaban con desesperación un asiento, listos a mirar y escuchar lo que pasaba y pasaría.
Seguí con el lazo en la mano llevando a Policarpo, la mula, y Tamara, mi perra pulgosa, hacia el costado izquierdo.
Esa gradería estaba a reventar, no cabía un alma pecadora o ingenua; sonreí en medio de esta multitudinaria reunión y el rumor constante y ya impaciente de los trece ancianos de la justicia esperando que parara mis movimientos y tomara por fin el uso de la palabra.
Avancé hasta la baranda, frente a la gradería izquierda, y repetí el gesto de saludar con la venia de cabeza; luego, sintiéndome llevado del carajo, por el carcelazo que se venía encima, me dirigí al centro de la sala.
Parado allí miré al suelo, luego miré la luz tenue que entraba por las ventanas; otra vez me distrajo la belleza en la mirada de Mazarine con su labrador negro.
Una vez más volteé para observar el estrado con sus jueces, mientras la mula me apenaba al mostrar sus dientes amarillos y la perra se rascaba las pulgas.
Reposadamente, como si fuera un Arquímedes y Demóstenes tropical hablé:
Continua...
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Carlos Echeverry Ramírez-Colombia-Canada
fitofeliz@hotmail.com
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